Jueves 7 de agosto, 9:27 de la mañana
Me siento con el café en la mano, recién levantada, y con una sensación de desorientación que me acompaña casi todas las mañanas. Esa mezcla de estar despierta pero sin aterrizar del todo en este mundo, como si parte de mí siguiera en otra dimensión.
No es fácil explicar lo que siento, pero creo que tiene mucho que ver con mi historia, con cómo funciona mi mente y mi energía.
Desde hace años sé que soy Asperger. No porque me lo hayan diagnosticado hace poco, sino porque llevo tiempo investigando y comprendiendo que esa pieza encaja con todo mi camino, con todos esos bloqueos, crisis y patrones que se repiten en mi vida. Y junto con eso, también tengo el diagnóstico oficial de TDAH y altas capacidades —lo que llaman “doble excepcionalidad”— y hasta dislexia.
Todo esto explica mucho más de lo que imaginaba: por qué me cuesta tanto desconectar, por qué la noche se vuelve una batalla con un resorte invisible que me despierta justo cuando estoy a punto de dormirme, por qué mi mente no se apaga cuando debería.
Esta hiperalerta constante desgasta. No solo físicamente, sino también emocional y energéticamente. Cuando termino mi jornada laboral, que muchas veces se extiende hasta la noche, me siento vacía, agotada y como si tuviera que seguir corriendo una carrera interminable.
Y, sin embargo, aquí estoy, aprendiendo a cuidarme y a poner límites, a reconocer que está bien no estar bien siempre, y que merezco descanso.
El cierre del día: una oración para el alma cansada
Con todo lo que llevo dentro, he encontrado un refugio en las palabras. He escrito una pequeña oración nocturna para ayudarme a soltar, a agradecer y a acunar mi mente y mi cuerpo hacia el descanso.
Esta noche suelto lo que ya no puedo sostener.
Cierro el día con gratitud, aunque haya sido pesado.
Agradezco mi fuerza, aunque esté cansada.
Agradezco mi entrega, aunque no haya sido vista.
Todo lo hecho hoy es suficiente.
Todo lo pendiente puede esperar.
Mi cuerpo merece descanso.
Mi alma merece paz.
Esta noche, me dejo caer en los brazos de la Luz.
Que mi mente se aquiete,
que mi energía se recoja,
que mi corazón descanse.
Estoy a salvo.
Estoy en casa.
Estoy en mí.
No pretendo que sea un camino fácil ni rápido, pero sí uno que me permita avanzar con más suavidad y amor.
Si algo de mi experiencia resuena contigo, quiero que sepas que no estás solo/a. Aquí estamos, aprendiendo a vivir en un mundo que a veces se siente demasiado ruidoso para quienes miramos con otros ojos.
¿Te sientes identificado/a?
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