
Esta última semana de junio ha sido un puente entre el cierre de un ciclo emocional profundo y la apertura luminosa al verano.
Ha estado marcada por caminatas bajo el sol, desayunos compartidos, encuentros inesperados y decisiones necesarias. Momentos en los que el alma habló más fuerte que la mente, donde la intuición pidió espacio, y donde el cuerpo —como espejo— recordó la necesidad de sanar.
He sentido la llamada de la tierra: ese paseo desde lo alto del cerro hasta el pueblo, con el sol en las piernas, el canto de los pájaros y las campanas de la iglesia marcando un ritmo antiguo y verdadero.
He puesto palabras a emociones que arrastraban silencio, he tomado decisiones difíciles —como soltar vínculos que ya no vibran conmigo— y he encontrado belleza incluso en el cansancio.
También he recuperado una parte de mí al mirar atrás con compasión, entender el origen de ciertas heridas y comenzar a sanar desde dentro.
Entre todo esto, el verano ha llegado. No solo en el calendario, también en mi piel, en mi energía, en mis decisiones. En el patio limpio, en el café con sol de mañana, en la risa inesperada, en el descanso.

Junio se despide enseñándome que el cierre es parte del camino y que el sol —cuando se siente de verdad— puede calentar mucho más que la piel.
Gracias, junio.
Bienvenido, verano.
Sigo aquí. Con el alma encendida.
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✨ Gloria
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